La prostituée de la rue Quicampoix, de Brassaï

domingo, 5 de septiembre de 2010

"En la concepción del erotismo en Bataille, el significado de la muerte excede absolutamente lo biológico. No es la destrucción biológica del cuerpo, sino el desenlace del trabajo de destrucción de sí mismo. Básicamente la idea del intercambio, de la desnudez, de la reciprocidad de estas intensidades desbordantes, que violentan toda posesión de sí mismas, son también la capacidad del sujeto para asumir la propia muerte, la muerte del otro, como la condición de esta intensidad exacerbada. El erotismo es entonces un acto de muerte recíproca que hace surgir de los despojos de sí mismo la fuerza misma de la transgresión que rechaza toda finitud. La vida --infinita, inextinguible-- no puede surgir sino precisamente de entregarse a esta destrucción del don, ofrecerse a sí mismo como nada, como sujeto arrebatado por la muerte, como sujeto en disolución, como totalidad abierta, como carencia de identidad, y al mismo tiempo cancelación de la ley.

El erotismo es también invención y fundación de un tiempo. El tiempo del erotismo es el tiempo del encuentro. La condición única e irrepetible, quizá fatal, de ese momento --a veces un instante-- en que convergen dos sujetos en ese ritual de espera, destrucción de sí, creación y recreación de la experiencia de la finitud. Es una ritualidad que rechaza la regularidad reiterativa del ritual. La ritualidad del erotismo es la experiencia de una regularidad precaria, efímera, singular. La repetición en el erotismo no es la regularidad de cuerpos y espacios, sino la de la voluntad de deseo, la reaparición intacta del impulso de transgresión y la vocación de entrega a la fragilidad. La ritualidad propia del encuentro es algo extraño a la reiteración. Quienes convergen en el momento erótico, no podrán jamás repetir esa experiencia. Cada encuentro es único. No hay tal cosa como la repetición y, sin embargo, en el momento en que el sujeto se sume en este trance al mismo tiempo fugaz, reiterativo e irrepetible de la muerte, en esa intimidad recíproca que es pura intensidad radical, en realidad está entregado a la repetición misma de ese reclamo de voluptuosidad o de vértigo. El tiempo del encuentro es entonces, simultáneamente, el lugar de lo imprevisible y de lo ineludible. Fortuito y fatal. Esta doble condición paradójica define el encuentro erótico, esta extraña paradoja de discontinuidad y continuidad. Cada encuentro, como una extraña anomalía matemática, corta nuestra vida en dos. Cada instante en que irrumpe el encuentro inventa una edad y una espera, una memoria y un horizonte. Hay un antes y un después. La vida no puede seguir tal cual después del encuentro erótico. Este arrastra la vida a contemplar su propia extrañeza."



Hasisi Park

 

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