La prostituée de la rue Quicampoix, de Brassaï

miércoles, 18 de agosto de 2010



Cuando era pequeña me repetía una y otra vez que algún día tendría que desatarme desde un edificio altísimo porque no podía soportar la idea de morir sin saber que era volar. Constantemente me atraía y atrapaba la idea de quedar suspendida en el aire y que al fin, todo acabara de esa forma.
Subir encima de la estable barandilla, sentir todo tu alrededor encogido ante tus ojos, entender que el suelo te espera pero la intangible bruma aun más, acoger el universo entero en tu cabeza y vivir tus últimos instantes sola y con una latente utopía en mente de percibir el mundo cual lo hace un pájaro.
Dar un paso hacia delante y dejar que toda tu vida se reduzca a pequeñas fracciones de tiempo en un salto irracional, apostar por el vacío que comporta una situación tan vehemente individual.
Terminar con un sabor a nada y todo en la boca, con un olor imperceptible a brisa sin más y en la mente, la mente sencillamente en blanco o en miles de colores que, encadenados, configuran las vivencias más importantes de tu vida, las historias más conmovedoras, los minutos más impactantes y las canciones que sin más, también hicieron que volases aun que fuera a ras del suelo.

El arte desnudo

Seamus Brown

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