La prostituée de la rue Quicampoix, de Brassaï

jueves, 19 de agosto de 2010

Cuando yo me atraigo, busco y devoro a mi misma suelo recrearme en el vacío y lo que hay alrededor termina por carecer de sentido o significado.
Amo el momento en que sin darme cuenta todos los objetos empiezan a ser tragados por una fuerza mental indescriptible, como si un enorme agujero clavado en el suelo poseyera tal magnetismo que ninguna materialidad pudiera resistirse. Divanes, sillas, mesas, lo que hay encima de estas, el espejo, la ropa como oleaje terrenal, tacones, relojes obsoletos, fotografías, teclas blancas y azabaches, cuerdas y madera, la añil lámpara que cuelga medio suicidada, oscuros candados o ruidos mundanos e incluso, la pintura que violentamente queda arrancada por la nada.
Su existencia reside vagamente suspendida en el olvido hasta que decido devolverles ese aburrido estado natural, cuando aprendo de nuevo a no saber soñar y mi mundo exterior recobra el trivial aspecto que tenía antes de su aniquilación.
Pero es curioso cómo lo único que no puede digerir es mi mente y las palabras que van siendo tatuadas en el níveo papel. Es la capacidad de pegarle un tiro lenta, consciente y voluntariamente a una realidad la cual mi ser no se resigna a sucumbir, escribir para comprender de forma desnuda cada pensamiento y describir después de haber palpado con la mente lo que uno siente.


El arte desnudo


Egon Schiele



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